lunes, 29 de octubre de 2007

La Trastienda y Charly dio su Clase.


Sin incidentes, con un show intenso, presentó su demorado CD "Kill gil". Y repasó clásicos de todas las épocas. El final fue a todo rocanrol, con Juanse.

DEDICATORIA CHARLY TOCO Y HABLO. DIJO QUE EL TEMA "PASTILLAS" ESTABA DEDICADO A SU HIJO MIGUE Y FUE DURO CON EDUARDO DE LA PUENTE. CANTO CLASICOS COMO "EITI LEDA", "ADELA EN EL CARROUSELL" Y "FANKY". LA TRASTIENDA ESTUVO A TOPE.

Marcelo Fernández Bitar ESPECIAL PARA CLARIN

Para muchos, el anuncio era irresistible: un recital en el marco íntimo de La Trastienda, una cita casi ineludible para todo fan propulsado por esa suerte de atracción fatal, una relación de amor, odio, curiosidad y hasta morbo perverso que hace años se estableció tácitamente entre este artista y su público, que acepta gustoso el riesgo de presenciar o no una noche inolvidable, sin miedo a salir del casino contando las pérdidas y diciendo que otra vez será.

Hace poco menos de un año que Charly García no convocaba a sus fans en Capital, desde un ciclo en el hotel Faena y luego su accidentado cumpleaños en el Gran Rex. Después se embarcó en la odisea de completar junto al productor Andrew Oldham el ya mítico Kill gil que se niega a ver la luz, aunque hay versiones circulando por internet desde fines del 2006. Por eso, un ciclo de seis conciertos (de martes a jueves, durante dos semanas) bautizado Olvidate del rock nacional era razón más que suficiente pa ra hacer oídos sordos a las recientes peleas mediáticas y las infaltables voces agoreras que hacían apuestas sobre un desastre inminente. Y semejante adhesión incondicional tuvo su recompensa, al menos en la noche del debut: no hubo ningún motivo para titulares extramusicales, y la sala tuvo un lleno total con unas 600 personas que disfrutaron uno de sus mejores conciertos en los últimos tiempos.

La estructura del recital fue sencilla: una primera parte dedicada a presentar Kill gil, tocando detrás de un telón de plástico transparente junto a su fiel trío de músicos chilenos, y un segundo tramo con una docena de hits de toda su carrera. Cada tanto, una chica vestida con capucha escribía graffitis en aerosol sobre el plástico. Así, minutos antes de las 22 , el inicio fue con el rock de No importa y el espíritu más pop de Los fantasmas, con una pista del álbum sonando por debajo. Sentado al medio del escenario, detrás de sus teclados pero con la guitarra colgando, se lo veía concentrado, aunque esbozaba una sonrisa al lucirse con el piano. Buen síntoma, pensaban los más escépticos, mientras el resto optaba por disfrutar y hasta corear la letra de un tema inédito detrás de otro. Cada tanto, Charly hacía alguna referencia a la historia conceptual del disco, o alguna trivia sobre cada canción, por ejemplo contando que la batería de Un corazón para contar era del recordado Oscar Moro, que compuso Corazón de hormigón a los nueve años, o que Pastillas estaba dedicado a su hijo Migue ("No sé si la luna te hace reconciliar sólo puedes dar mentiras simples, pastillas y un hogar que no es mi hogar"). Musicalmente, abundan los guiños al estilo que construyó como solista, y en las letras confirmó su capacidad para pasar temas en inglés al castellano y hacerlos propios, como Mirando las ruedas, de John Lennon: "Dicen que estoy loco, haga lo que haga, y me dan cantidad de consejos, buenos para nada"

Siempre atento al golpe de efecto, cerró la primera parte sacándose los pantalones y mostrándose desnudo al retirarse del escenario. Volvió apenas diez minutos después, y dejó conformes a todos con sus grandes éxitos, algunos con pequeñas variaciones en la letra para hacer referencia a Cromañón, Cristina Kirchner, los reality shows, el programa El gen argentino y hasta el título del último libro de Eduardo de la Puente. Pasó del rock de Demoliendo hoteles y Rock and roll yo al lirismo de Adela en el carroussell y a la delicadeza de Desarma y sangra o Eiti-leda. La sala entera lo acompañó de pie en un karaoke gigante, mientras en los bises aparecían en una pantalla escenas del filme Ed Wood y se subió Juanse para sumar su guitarra. Y el gran final teatral, casi obedeciendo a su nueva letra de Fanky ("No puedo parar, yo no bajo un cambio"), fue un beso en la boca con Juanse y un salto para zambullirse de cabeza al público. Guitarra en alto, se retiró a camarines, a medianoche en punto. Estra vez sin convertirse en demonio ni en calabaza.